2º premio certamén literario "El Talayón"- Motilla del Palancar.
“Si sale algún desnudo no se lo digáis a mamá, o no os dejará venir el sábado que viene” nos decía papa cómplicemente mientras repartía las entradas. Mi hermano y yo asentíamos con la cabeza al unísono, con la convicción total de que o cumplíamos el pacto de silencio o corríamos el riesgo de ser apartados de este maravilloso mundo que nacía de la oscuridad de una sala.
Una vez dentro, el encuentro con lo mágico tenía lugar tras trepar hasta nuestra butaca y dejarnos deslizar resbalando con el culo hasta el respaldo, mientras nuestras delgadas pantorrillas quedaban colgando. Desde ese momento y hasta que volvían a encender la luz, nos sumergíamos en esta apasionante realidad de ficción que aparecía ante nuestros ojos y que convertía en prescindible la mayoría de las cosas de nuestra cotidianeidad.
Las primeras veces que me empeñe en acompañar a mi padre y hermano, era yo tan pequeño que, no había película en la que la ausencia de escenas de acción me supusieran entrar en un profundo sopor que finalizaba con una cabezadita, de la que sólo volvía a despertar cuando la música de la película volvía a coger vuelo. A la salida, ante las preguntas de mis acompañantes solo me quedaba negar la mayor, “yo no me he dormido papa” , intentando no acumular deméritos para futuras jornadas cinéfilas. Pronto recuperé la fuerza mental y capacidad de concentración que me ayudaron a amortiguar el poder anestesiante de determinadas escenas de las películas.
Resulta incontable la enumeración de momentos especiales. En ocasiones luchamos contra los piratas, corrimos junto a Indiana Jones buscando el arca perdida, con E.T. entramos en estado de shock que nos duro mucho tiempo, con la Masa conocimos lo que era el pavor, etc…Aquellas horas semanales se convirtieron para los dos hermanos en una escuela de la vida, con ellas conocimos un mundo que solo estaba reservado a los mayores. Era la mirada de la inocencia, la mirada de un niño que llevaba mi nombre, la misma mirada de Ana Torrent en la película El Espíritu de la Colmena de Víctor Erice, la mirada del niño “Toto” de Cinema Paradiso, y tantos otros que hemos descubierto los secretos de la vida a través del discurrir de un negativo.
A la salida volvíamos a casa como no podía ser de otra manera, luchando figuradamente con los viandantes que osaban cruzarse por la calle, y por supuesto aquellos que compartían viaje en el ascensor eran abatidos sin remisión.
Las cenas en casa se convertían en un agitado debate cual Garci y colegas, sólo que aquí algunas veces el moderador se encargaba de darnos pistas que acabaran de darnos las respuestas que nos faltaban, de por que el héroe actúo de aquella manera cuando abandonó a la chica o cuando le perdonó la vida al villano de turno.
Los cines en los años 80 todavía poblaban las principales avenidas de las ciudades españolas. En Cuenca teníamos tres: El España, El Xucar y el Avenida, un maravilloso triangulo de salas hoy desgraciadamente desaparecidas, y sustituidas como en el resto de España por los multicines, que buscan una relación entre multiplicar la recaudación a fuerza de dividir las pantallas, una difícil ecuación que nos deja un poco huérfanos a todos.
Los niños que fuimos, tampoco teníamos acceso a estas modernas y solitarias vías de entretenimiento de la actualidad. Nosotros, cuando no estábamos pensando en clave de cine, andábamos alrededor de los tebeos, que no comics como ahora absurdamente nos dicen que se llaman. El paseo conquense por carretería nos olía a tebeo. Era un ritual caminar una vez a la semana hacía el Kiosco de Oscar o el del Niño en busca de las novedades de nuestros héroes de papel, Roberto Alcázar y Pedrín, El Guerrero del Antifaz, el Capitán Trueno, El Jabato…etc. Cada hermano elegía el suyo, al llegar a casa los leíamos en orden, primero el tuyo, y luego los cambiabamos.
Y así entre cines y tebeos transcurrían el grueso de los fines de semana. En temporada acudíamos al pinar en busca de los niscalos y setas variadas. Eso sí, los domingos después de comer con los abuelos en su casa de Cuenca, volvíamos a Motilla. La mitad de las comidas eran tempraneras y apresuradas. Por la tarde había que estar en el pueblo pronto para ir al fútbol. Eran aquellos años en los que el Carrascal abarrotado vibraba y empujaba para que los Carrete y compañía sacaran otro partido adelante a base de casta y pundonor. Casi todos los niños del pueblo acudían con sus padres al partido, lejos todavía de la creciente incorporación actual de la mujer al deporte rey.
Años más tarde con el desembarco de Nagares, llegaría la tercera división con los Kubala, Gorina y el afamado Caparros al banquillo del club. En la memoria colectiva del pueblo quedaron grabados aquellos derbies con Campillo de Altobuey, que convertían el campo del Carrascal en un pequeño Anfield conquense. Esa rivalidad bien entendida servía como elemento de cohesión y unión entre los motillanos que por unas horas aparcaban sus rencillas particulares y empujaban con fervor a su equipo.
Aquel fútbol era el nuestro. Luego estaba el otro, el de la tele. Todos contábamos con un segundo amor, el de nuestro equipo en primera división. Unos el Madrid, otros el Barcelona, el Atlético, el Valencia….pero ese futbol se jugaba en los transistores de radio y en los resúmenes nocturnos del Estudio Estadio, donde al calor del hogar, dilucidábamos si el arbitro había regalado el enésimo penalti al equipo rival o no.
Pero los resúmenes televisivos eran el colofón al fin de semana. Antes que eso, teníamos la larga tarde del domingo para disfrutar, cuando salíamos a media tarde del fútbol.
Del campo paseábamos Riato abajo rememorando las incidencias del partido. Realizábamos la parada de rigor en el kiosco de la María y luego todos al cine Olivas. El Olivas en la sesión de las siete y media ejercía de lugar de encuentro y entretenimiento de la juventud motillana.
La cartelera no importaba mucho, la fidelización del público era absoluta. Pagábamos la económica entrada y pasábamos por el bar. Con muy poco dinero podías tomar unas bolsas de los ruidosos kikos y una gaseosa de Aparicio, que nunca pasaba por la nevera. Los mayores como signo de distinción social eran los que pedían una coca-cola y las patatas. Durante años pensé que el cambio de niño a hombre me llegaría cuando pudiera ir con una chica al cine, sentarme en las filas de atrás y tomarme una coca-cola bien fría.
En aquellas tardes de cine, se proyectaron varias veces la filmografía completa de Bruce Lee y de Bud Spencer entre otros. Nos parecía increíble pensar de donde sacarían tantas películas de estos artistas. Dedujimos que los pobres trabajaban como chinos (sobre todo Bruce Lee) y que no paraban de hacer películas, ya que en el pueblo los veíamos casi todos los meses. La proyección tenía su gracia, ya que en los 7 u 8 cambios de rollo normales que se llevan a cabo durante la proyección de una película, en Motilla suponían echar una moneda al aire, ya que según saliera la diosa fortuna se producían pequeños o no tan pequeños saltos en el rollo de la película, que juzgábamos desde el patio de butacas con sonoros abucheos.
Los besos y escenas más o menos calenturientas provocaban en las respetables reacciones más propias de un estadio que de un cine. Visto con la perspectiva que dan los años, estas reacciones primitivas nos acercaban bastante al origen del cine hace más de un siglo y sus primeros y sorprendidos espectadores.
“Nene a posima ve, va a ir a medio a calle” nos decía Mingo el acomodador (mas bien domador) cuando nos enfocaba con su linterna fijamente a los ojos después de habernos pescado armando bulla en la oscuridad, ora hablando ora lanzando un anónimo puñado de kikos a la fila de las chicas para llamar su atención. El pobre pasaba las proyecciones persiguiendo fantasmas a oscuras.
La rutina de los domingos corrientes dejaban paso al momento cumbre del año que suponía la llegada de las fiestas de San Gil Abad, momento en el que con carácter temporal reabría sus puertas el otro cine del pueblo, el Regio, propiedad de los mismos dueños lo cual les permitía organizar un variado programa conjunto con proyecciones diarias en ambos cines. Para tal efecto, se editaba una hoja que hacía las veces de programa que recibíamos junto con el oficial de las fiestas, y ansiosamente repasábamos mientras hacíamos nuestras quinielas a ver cuantas películas íbamos a ver, y en que orden. En esas fechas llegaban al pueblo películas de cierta actualidad, que culminaban así su periplo por la geografía española. Para nosotros acostumbrados a empachos de Bruce Lee y Bud Spencer aquello representaba puro maná.
Llegaba el 1 de septiembre y el pequeño recorrido de calles que conducían del cine Olivas al Regio, era nuestra milla de oro particular, donde hacíamos carreras para ver los cárteles de las películas del día y discutir cual era la elegida, lo cual daba lugar (como no podía ser de otra manera) a acalorados debates, en los que era difícil que todos quedásemos contentos. Gracias a Dios todas las películas se proyectaban una segunda vez durante los días de feria, lo cual servía de tranquilizante dentro de las agrias disputas entre los miembros de la pandilla.
De esta manera se forjaron futuros cinéfilos, con mejor o peor gusto, que inevitablemente nos hemos adaptado a las nuevas maneras de ver el cine. Pero sin embargo siempre guardaremos un huequito en el corazón donde habitan los recuerdos que se graban para toda la vida, durante esos años en que somos lo que soñamos y soñamos lo que queremos ser.
Y como Guillermo Cabrera Infante cuando era un niño sin recursos en su Cuba natal, por mal que nos vayan las cosas, cuando mama nos pregunte: “¿Cine o sardina?”, nunca elegiremos sardina.